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Los condenados de Monte Arruit.
Jesús
Berrocal-Rangel
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Los
intereses españoles en África siempre han constituido un tema tan
apasionante como remoto. ¿Qué habría ocurrido si tras la conquista de
Granada, los vencedores Reyes Católicos hubieran continuado su expansión
hacia el Sur?. En 1497, la conquista de Melilla por parte de Pedro de
Estopiñán pareció frenar los deseos de conquista africana y, en su
lugar, se optó por cruzar el terrible océano Atlántico y colonizar un
continente totalmente inexplorado. Pero si desconocida era América, ¿qué
hemos conocido los españoles de África?. Pocos fueron los intentos de
colonizar la zona antes del siglo XX. |
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“La sensación que experimenta el hombre que por primera vez hace esta
corta travesía no puede compararse sino al efecto de un sueño. Al
pasar en tan breve espacio de tiempo a un mundo absolutamente nuevo y
sin la más remota semejanza con el que acaba de dejar, se halla
realmente como transportado a otro planeta”. |
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Si así lo sentía un aventurero ilustrado como Badía, podemos hacernos
una idea de qué pensarían los soldados españoles que, en 1921, se
encontraban ocupando el protectorado establecido en el Rif. Quizá para
ellos, que en su inmensa mayoría no habían cruzado el estrecho de
manera voluntaria, no resultara tan poético como para el príncipe
Ali Bey. Porque cuando abandonaron las costas peninsulares no lo
sabían, pero veinte mil de aquellos soldados solo habían sacado
billete de ida hacia el infierno del Rif. La debacle que cayó sobre el
ejército español, conocida como El Desastre de Annual, constituye uno
de los episodios históricos más apasionantes de España, quizá por el
ocultismo oficial que rodeó todo el asunto y, sin duda, por la trama de
incompetencia y corrupción que condujo al matadero a miles de soldados
y civiles. |
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Lo
cierto es que el protectorado marroquí le cayó al reino español como
un inesperado regalo, sin hacer nada para merecerlo. Alianzas secretas
entre Francia e Inglaterra para establecer un equilibrio de poder entre
las potencias y, sobre todo, para frenar el arrollador crecimiento de
Alemania, terminaron regalándonos un terreno arisco e
improductivo que separaba la Argelia francesa... del Marruecos francés.
Y el gobierno español, humillado tras el otro desastre, el del noventa
y ocho, aceptó encantado el papel de comparsa que se le ofrecía. Pero
aquel regalo iba a tener unas consecuencias trágicas y costosas. |
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La
cordillera del Rif, en el Norte de Marruecos, comprende unos trescientos
cincuenta kilómetros de orografía agreste, surcada por barrancos,
desfiladeros y valles que la cruzan |
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Atraído por las lecturas que en los últimos años he conocido sobre el
tema, emprendí viaje hacia Melilla, antigua sede de la Comandancia
General del protectorado. En vuelo directo desde Madrid, un estrecho
turbo-hélice con capacidad para treinta pasajeros permite llegar en una
hora y cuarenta y cinco minutos. El avión es la opción más rápida
porque el ferry, zarpando desde Málaga, tarda unas ocho horas... así
que la elección del medio de transporte depende de la prisa (y del
presupuesto) que tengamos. |
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Pese
a las palabras del espía de Godoy, aquel suelo magrebí no resulta
demasiado extraño; al fin y al cabo, la zona costera es muy parecida a
algunos paisajes de la península, recordando especialmente a la bella
luminosidad de Almería. Además, su posición como pulmón económico,
hace que Melilla condense un saturado tráfico de vehículos que evoca a
la Gran Vía. También tiene uno de los mayores índices de compra y
venta de divisas... sin apenas mover turismo. Pero no debemos olvidar
que las fronteras imponen una oscura ley de mercado que puede resultar,
y de hecho resulta, muy lucrativa. |
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Ni
romanos ni árabes dominaron completamente a los beréberes del Rif y la
relación con España, principalmente a través de su enclave
melillense, dio lugar a gran número de interesantes episodios, sobre
todo en el verano de 1921. José Martí, el líder cubano, vaticinó en
un artículo de 1893 el futuro del conflicto hispano-rifeño: “El
Rif ha vuelto a guerra contra España y España vivirá en guerra con el
Rif hasta que le desaloje de su país sagrado”. No figura en las
guías turísticas, pero el amante de la Historia goza aquí de la
oportunidad de realizar un viaje generoso en cuanto a resultados,
conociendo los escenarios sin tener que recorrer grandes distancias y
sin ocupar muchos días. La región ofrece además exotismo, playas y
naturaleza, a solo cuarenta y cinco minutos de Málaga. Para internarnos
por la zona la opción más recomendable es el alquiler de automóvil, a
ser posible con guía-conductor de garantía en ambas facetas. Hay que
tener en cuenta que el estado de algunas carreteras lograría irritar al
mismísimo Carlos Sainz y que las sanciones por infracción de tráfico
en Marruecos suelen ser costosas. |
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Dos
días después de mi llegada abandoné Melilla en el Audi de
Rachid, un musulmán no demasiado ortodoxo. Mi guía-conductor nació en
Nador, pero ahora tiene pasaporte español, vive bastante bien en
Melilla y se dedica -como tantos otros en la zona- “a sus cosas”.
Salimos por la frontera de Beni Anzar entre un denso tráfico, para
cubrir por autovía los once kilómetros que nos separaban de Nador, la
mayor ciudad de la región con algo más de trescientos mil habitantes.
Desde allí, podríamos habernos adentrado en las estribaciones del
impresionante Gurugú -que aun alberga las ruinas de dos fuertes de la
época española-, o seguir hasta las hermosas playas del Este. Pero el
lugar en el que centraremos este artículo está más al Sur, así que
continuamos hasta pasar Selouane (Zeluán en los tiempos del
protectorado), dejar atrás la efímera autovía y enlazar con la
carretera nacional P39. Poco después llegábamos hasta nuestro destino:
una pequeña montaña que se eleva sobre un páramo de aspecto
desalentador. Se trata de Monte Arruit. Entre los trágicos episodios
ocurridos durante 1921, el de Monte Arruit me impresionó especialmente
desde que lo conocí. No fue el que más vidas costó, pero quizá sí
es el más olvidado. Al bajar del coche de Rachid, un sol intenso,
furioso, inundaba la tierra. Pero aquella luz era tan seca que carecía
de alegría. |
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Nada,
hoy día, recuerda a quienes cayeron en su desaparecido fuerte de adobe.
Lo cierto es que, ochenta años después de que el General Felipe
rindiera la penúltima posición española en el Rif, mi primera opinión
sobre el lugar resultó algo decepcionante. Ni buscaba, ni esperaba
toparme con un monumento al soldado desconocido: al fin y al cabo los
muertos allí pertenecían a un ejército invasor. Y, además,
Leguineche lo advierte tajantemente en su “Annual 1921”: “No
queda nada”. Pero confieso que, a pesar de que ya imaginaba lo que
iba a encontrar, no dejaba de resultarme frustrante que ni siquiera unas
miserables ruinas facilitaran la evocación del 9 de agosto de 1921. Y
supongo que el actual Mont Aouit tendrá sus encantos... pero yo no los
encontré en sus tristes calles. |
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Así
pues, lo único que quedaba por hacer era recordar lo leído y tratar de
imaginar las situaciones mientras caminaba por el huraño lugar. Porque
no habrá ruinas, pero la tierra y sus habitantes rifeños siguen allí.
La misma tierra que, normalmente seca, se anegó aquel verano de 1921 de
sangre. Y, formando remolinos a su paso, un suave viento no cesaba de
susurrar sueños rotos. Los sueños de casi tres mil hombres que fueron
abandonados, a una muerte cruel, por el Estado al que representaban.
Abandonados, y olvidados. |
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Hasta
el campamento de Dar Drius no cesaban de llegar desesperados
supervivientes, restos de guarniciones aniquiladas, para ponerse bajo
las ordenes del general Felipe Navarro, máxima autoridad en el
territorio tras la muerte de Silvestre. Ante la proximidad de los
rebeldes rifeños, Navarro dudaba entre permanecer en Drius, una plaza
bien pertrechada, o emprender la retirada hacia Melilla. En un principio
decidió mantenerse allí, aunque todos los automóviles de mando
salieron hacia el refugio melillense cargando un gran número de
oficiales, enfermos o autorizados. Pero el 23 de julio, el general cambió
de opinión y ordenó que se preparara la evacuación de la plaza. Con
la tropa totalmente desmoralizada, la retirada se convierte en un nuevo
desastre, dejando a su paso un gran rastro de cadáveres españoles, a
pesar de la protección prestada por el regimiento de caballería de
Cazadores de Alcántara. |
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Tras seis días de agotadora marcha, los restos de la columna de Navarro
alcanzaron las murallas de Monte Arruit. Aquí, intentarían recomponer
las fuerzas para afrontar el inminente ataque rifeño, pero ya era
demasiado tarde. El
2 de agosto cayó Nador y el 3 Zeluán, dejando el fuerte de Arruit –a
tan solo treinta kilómetros de Melilla- condenado en medio de
territorio enemigo. El general aún podía haber intentado una huída
desesperada hacia el refugio melillense, pero se negó a abandonar a sus
heridos. Al agotamiento físico había que sumar la desmoralización de
la tropa, en algunos momentos al borde de la insurrección. Además, el
agua estaba a una distancia de quinientos metros del fuerte, pero
igualmente podrían ser cinco mil, porque el cerco rifeño se fue
cerrando hasta impedir cualquier acercamiento de los sitiados. Dos
aviones con base en Melilla sobrevolaban el cerro arrojando bloques de
hielo, municiones y víveres, pero los envíos casi siempre caían fuera
del alcance de los españoles. |
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Ninguna fuerza iría a socorrerles. En la capital de la Comandancia
apenas contaban con dos mil soldados, casi sin experiencia, pero en
breve llegarían desde la península treinta y seis mil hombres. Sin
embargo, los sitiados de Arruit tenían los días contados. Y la
angustia de ser conscientes de su destino. |
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El nueve de agosto, ante la imposibilidad de seguir resistiendo, el
general Navarro cierra el pacto para la capitulación del fuerte: los
españoles entregarían todo su armamento y se les permitiría retirarse
hacia Melilla. Las armas se amontonaron y los heridos y enfermos
comenzaron a alinearse en la puerta del fuerte, preparándose para la
evacuación en un tenso silencio. Pero cuando se dio la orden de partir,
la furiosa harka rifeña invadió el campamento, asesinando a una
tropa desarmada y enloquecida por el terror. |
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Aunque las cifras son imprecisas, al menos 2668 restos humanos fueron
encontrados esparcidos por los alrededores de Arruit. Unos seiscientos
hombres, junto al general Navarro, sobrevivieron para ser tomados como
rehenes. Y en cautiverio permanecieron hasta que se pagó su rescate,
aunque para entonces muchos de ellos ya habían muerto. |
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Una
vez consumado el descalabro de Monte Arruit, Melilla era la única plaza
segura que España mantenía en el Rif oriental. Hasta la capital no
cesaban de llegar supervivientes –militares y civiles- de las matanzas
de Nador, Zeluán o de los numerosos blocaos que habían quedado
aislados en medio de las zonas controladas por las harkas de Abd
el-Krim, contando espeluznantes relatos. En mayo de 1922, aun llegaban
refugiados. Tras el desastre, se encargó al prestigioso General Picasso
que iniciara una investigación para depurar responsabilidades... con la
advertencia de que no debía implicarse a ningún miembro del alto mando
como responsable de lo acontecido. Alfonso XIII, las cúpulas militar y
política, la prensa censurada... todos volvieron la cara a los muertos
en el Rif. Tampoco pagaron por su responsabilidad los empresarios españoles
implicados en la venta de armas a los rifeños, algunos de ellos
fundadores de importantes empresas actuales. Ninguno de los sucesivos
sistemas políticos puso interés en esclarecer el asunto. |
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Pero
para conocer esta apasionante historia con la profundidad que merece, me
permito recomendar la lectura de las obras que sobre el tema han escrito
Juan Pando, David S. Woolman y Manuel Leguineche. |
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Para
mí, este viaje llegaba a su fin. Tras pasar unos días visitando el Rif
oriental me veía obligado a regresar a la península, pero antes de
hacerlo merecía la pena dedicar una visita detallada a la ciudad que me
sirvió como cuartel general: Melilla, la antigua Rusadir
fenicia. Salpicada de cafés moros, excelentes bares de tapas,
mercaderes ambulantes de almendras (pulcramente colocadas sobre bandejas
niqueladas), casposas salas de billar y unos novecientos edificios
modernistas. Además de incontables cuarteles y numerosos símbolos
pre-constitucionales. Con todo esto, y con muchos secretos dispuestos a
revelarse al visitante, Melilla constituye una ciudad abierta y
agradable. No es, desde luego, un centro de atracción turística, pero
quizá eso contribuya a formar el encanto de este enclave. Paseando por
sus bulliciosas calles comerciales, algo en el ambiente recuerda de
manera imprecisa a las pequeñas capitales peninsulares de hace veinte años
aunque, en cualquier momento, mil detalles revelan una fuerte identidad
propia, la que le confiere el ser depositaria de diversas culturas. Hoy
día conviven con respeto mutuo -si bien no con la armonía deseable-
cristianos, musulmanes, hebreos e hindúes, además de una considerable
comunidad gitana. |
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Melilla,
la puerta de atrás de Europa, la gran olvidada por la península y, sin
embargo, la que se siente tan orgullosamente española. Si uno se atreve
a plantear qué ocurriría si la soberanía de la ciudad se cediera a
Marruecos, en seguida obtendrá como respuesta que “Melilla era española
antes que Navarra”. |
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Grandes
avenidas –injustificadas, a mi parecer- mitigan algo del encanto de
una ciudad que puede recorrerse paseando en pocas horas. Los edificios
de impecable corte modernista conviven con otros recientes, de indudable
menor gusto estético. Pero quizá sean todos estos contrastes los que
hacen que la ciudad se mueva esparciendo una sensación de vida y color. |
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Sobre
las seis de la tarde, cuando el sol comienza a declinar lentamente, la
letanía de los imanes llama a la oración desde los minaretes, justo al
mismo tiempo que un viento se levanta
llenando todo de polvo. Me dirijo hacia los cuatro recintos amurallados
que constituyen la bella estampa de Melilla la Vieja. Entro por
la Puerta de la Marina y comienzo a ascender hacia las murallas por
rampas y escaleras. Atrás quedan los aljibes, construidos en el siglo
XVI y vitales en el desarrollo de la Plaza, y los recientes museos;
luego paso junto a la estatua de Pedro de Estopiñán, el
conquistador-fundador, para seguir ascendiendo hasta alcanzar la muralla
de San Juan. Desde aquí se contempla una excelente vista de la zona. |
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A
mi alrededor reina el silencio. Allí donde en tiempos de guerra debió
existir una actividad frenética, solo quedan viejos cañones oxidados y
una profunda quietud, perezosa como el atardecer del Mediterráneo,
inunda todo. Camino en completa soledad, haciendo el efecto de recorrer
una fortaleza abandonada por su guarnición. |
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El
silencio parece total pero, escuchando atentamente, un débil y triste
sonido llega hasta el viajero. Si buscas su origen, lo encontrarás en
el oscuro Gurugú. Ocultos durante el día, los ilegales esperan
a que la luna guíe sus pasos hacia la tierra prometida. Ochenta
años después del Desastre que se cobró tantas vidas e ilusiones, el
seco viento del Rif continúa susurrando sueños rotos. |
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Jesús Berrocal-Rangel |
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Fotografías
y Plano:
Autor / Fondo del Archivo de la Diputación Provincial de Badajoz. Algunas citas sobre este reportaje encontradas en Internet: http://www.elistas.net/lista/desastredeannual/archivo/indice/2220/msg/2255/
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