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La Aventura de Leer.
Jesús
Berrocal-Rangel
para el
curso El deseo de Leer, organizado por el Centro de Profesores de
Badajoz.
Mayo, 2001
Hace más de una década
que comencé a publicar críticas musicales en prensa y revistas, pero
mi primera novela no se editó hasta hace aproximadamente un año. Mi
caso no es el del autor que lo es desde la infancia; no sentí la
necesidad de escribir hasta hace cinco años, así que se puede decir
que soy casi nuevo en esto. Sin embargo, aparte de las experiencias
personales, antes de tomar la decisión de escribir había atesorado
una fuerte pasión por la lectura, pasión que más que guardarse en mi
memoria, como indica el título de este curso, constituye mi
presente. Así que me gustaría centrar esta intervención en una serie
de autores y obras que me llevaron a embarcarme en la aventura de
ser escritor, esperando que contribuya de alguna manera a los
propósitos de estas jornadas. Por eso voy a centrar mi intervención
en unas lecturas muy concretas, sabiendo además, que si alguien
tiene algo que aprender sobre literatura aquí... soy yo de ustedes.
El planteamiento de este curso se me hace realmente necesario. En
una Extremadura que comienza a despegar, es importante que quienes
de alguna forma trabajamos en la cultura nos conozcamos. No se trata
de leer a un escritor por el mero hecho de haber nacido en nuestra
ciudad o en nuestra comunidad autónoma, porque la buena literatura
no conoce nacionalidades, ni tiempo alguno. Pero sí es cierto que,
quizá, el tener presente el ejemplo de escritores coetáneos y
cercanos puede estimular el hábito de lectura y -¿por qué no?-
añadir un nuevo eslabón a esa cadena de lectores-escritores.
No creo en los géneros literarios, en las etiquetas aplicadas al
arte porque todas vienen impuestas desde fuera, desde la crítica,
pero la asunción de estas etiquetas por nuestra sociedad resulta
evidente. Si comenzamos a diseccionar la literatura en géneros y
subgéneros, llega un momento en el que no nos queda nada. Al final
llegaremos a la conclusión de que siempre ha habido escritores
buenos, malos y –los peores- mediocres, pero hay que admitir que un
cierto orden puede orientarnos en la selección de las obras que nos
resulten más afines como lectores.
Personalmente, me produce el mismo placer leer La Isla del Tesoro
o Los Tres Mosqueteros ahora que cuando tenía quince años.
Esos son los libros con los que me he criado: El Mundo Perdido
de Conan-Doyle, El Doctor Jekyll de Stevenson o El Rojo
Emblema del Valor, de Stephen Crane. Así que me van a
permitir que englobe obras aparentemente tan dispares como las de
estos autores con las de, por ejemplo, Joseph Conrad, Graham Greene
y Ernest Hemingway bajo el calificativo de Literatura de
Aventuras.
Si lo admitimos como género literario, lo más normal es que a priori
nos suene a producto poco serio y de escasa calidad, vano y sin más
trascendencia que el ser destinado a menores de edad. Esto ha sido
así desde hace décadas, al menos en nuestro país. En parte debido a
la avalancha de títulos de bajísima categoría, muchos de ellos
rozando el plagio, que han inundado el mercado, aunque por fortuna
parece que la situación está cambiando.
Quizá las cifras de ventas de Vázquez-Figueroa y Pérez-Reverte
tengan algo que ver con ese cambio.
Sin embargo, todavía hoy es considerado en la mayoría de los ámbitos
académicos como un producto destinado exclusivamente a jóvenes, una
mera introducción a la supuesta literatura culta. Ustedes
saben muy bien que, sin entrar en comparaciones con otro tipo de
obras, los grandes relatos de aventuras son atemporales, resisten el
envite de las modas y corrientes.
No quisiera aburriros con una larga serie de títulos porque, además,
desligar la obra de la personalidad del autor me resulta
inconcebible. Admiro tanto al escritor como a su obra, admitiendo
que dentro de la producción de cada cual hay libros por los que
siempre sentiremos una predilección.
Lo que resulta indudable es que el avance en los medios de
entretenimiento, el desarrollo de las nuevas tecnologías, el cine y,
sobre todo, la televisión, han sustituido en gran parte el mensaje
que originalmente solo podíamos encontrar en las obras de Jack
London o Robert Louis Stevenson. La capacidad de sorpresa, la
curiosidad por conocer otras realidades ajenas a la propia, la
sensación de riesgo, son elementos que constituyen la base de la
novela de aventuras.
Por buscar un lado positivo a este filtro impuesto por las
tecnologías, nos encontramos con que ahora solo sobreviven las obras
que dentro de este género aportan creatividad, desterrando los
productos que durante las tres últimas décadas se han vendido
disfrazados como Literatura Juvenil o Literatura de
Quioscos. También ha desaparecido, aunque en este caso es de
lamentar, el cómic para adolescentes, que en los años 70 y 80
sirviera de aperitivo para actuales lectores entre los que me
cuento. Pero en los últimos años y dentro del género que nos ocupa,
el mercado solo acepta obras de calidad contrastada; el lector
español tiene un criterio de selección y un nivel de vida jamás
alcanzado anteriormente. Por esto autores que durante años han sido
despreciados por la crítica, cuando no directamente ignorados,
recuperan el lugar que les corresponde.
Se publican por primera vez en España, después de que lo hicieran
hace veinte años en sus países originales, obras de Patrick O’Brian,
George MacDonald Fraser, o Lindsay Davis. Y los clásicos conocen
ediciones dignas, no ya en colecciones infantiles de burdo diseño,
sino con el respeto que merecen obras del calado de Lord Jim,
Moby Dick o La Llamada de la Selva.
Sin embargo, sí me gustaría resaltar que la voraz industria
literaria ya ha ocupado el hueco dejado por la supuesta
Literatura Juvenil, produciendo autores y libros específicos
para determinados segmentos de edad, libros que el sistema educativo
español obliga a leer al alumno y que se supone contienen las
enseñanzas apropiadas para él. Quiero remarcar que son lecturas
obligadas, con lo que difícilmente podrán tener continuidad más
allá del correspondiente examen sobre el libro en cuestión. Tengo
sobrinos que ocupan prácticamente la totalidad de los ciclos
educativos y, sinceramente, no creo que sean esos libros los que
prenderán en su espíritu la pasión por la lectura.
No dudo que estas colecciones para niños y adolescentes incluyan
obras de valor, aunque probablemente la mayoría propone textos en
los que se ensalza todo aquello que es Políticamente Correcto.
Emili Teixidor en su libro Literatura Juvenil: las reglas del
Juego, afirma que esta literatura "se dirige más a
formar buenos ciudadanos que buenos lectores”.
Quizá estamos olvidando que no se puede enseñar a nadie a ser un
lector; el buen lector aprende en solitario, por instinto y por sí
mismo, se crea sus propios criterios que le llevarán a elegir
aquellas lecturas que más le aporten. Claro que, además es
fundamental tener un ambiente propicio para la lectura. En mi
opinión, ahora se está disfrazando el conocimiento, que ante todo
debe basarse en la experiencia única y personal, con la información
manipulada por autores mercenarios.
En la clásica
literatura de aventuras -que es la que conduce la trayectoria de mi
propia obra- y, también en la mejor actual, este disfraz no existe.
Las moralinas sobre el bien y el mal se pierden entre los grises de
la realidad, como le ocurre al joven Jim Hawkins en La Isla del
Tesoro o al capitán Marlow en El Corazón de las Tinieblas.
Tan solo se presentan las reacciones del ser humano que se enfrenta
a fuerzas adversas, poniéndose en ocasiones ante realidades que le
harán dudar de sus propios principios. Si aceptamos que este es el
nexo que justifica el encasillamiento conjunto de diversos autores
dentro del género de Aventuras, es bien sencillo dilucidar el
carácter iniciático que desprenden sus obras. Los planteamientos de
los protagonistas y, en muchos casos también de los lectores, habrán
cambiado sustancialmente al terminar la novela. Este cambio de
planteamientos puede llevar a que un lector sienta la necesidad de
vivir en primera persona experiencias cercanas a las leídas, como le
ocurrió a don Alonso Quijano, pero también puede significar el
nacimiento de un escritor.
Si la curiosidad
es el verdadero motor de la inteligencia, la curiosidad de algunos
de los que decidimos pasar de leer a escribir nos llegó sin duda
a través de libros.
En mi caso han sido las obras de Hemingway, Stevenson, Jack London,
Joseph Conrad y Hugo Pratt, entre otros, pero también a través de
Alejandro Dumas y de las obras románticas de Lord Byron, Sthendal o
Víctor Hugo. Algo más tarde descubrí la literatura de viajes de la
mano de Manuel Leguineche, Bruce Chatwin, Richard Burton, Alejandro
Von Humboldt o Luis Pancorbo.
Estas lecturas, y
todas las que me quedan por descubrir, me han empujado a escribir y
a viajar. Porque está claro para descubrir otros mundos,
desde hace quinientos años, los occidentales emprendemos un viaje o
leemos una novela, a pesar de que otros medios como la televisión o
las nuevas tecnologías se hayan añadido recientemente en menor
medida. Y en
ocasiones, el mundo que descubrimos en esos libros nos cautiva para
siempre, hasta que necesitamos darle continuidad a la narración más
allá de lo leído.
Este ha sido mi caso.
El del lector que busca su propia obra, convirtiéndose en un eslabón
más de una cadena que existe desde el comienzo de la Historia. Nos
encontramos con la necesidad de salir a encontrar culturas nuevas,
lejos de la propia, y el efecto de fascinación que algunos libros
ejercen sobre nosotros es tal que trasciende el mero
entretenimiento. Se convierten en guías para nuestras propias vidas
hasta que creemos llegado el momento de vivir todo aquello
que antes hemos leído, de atrevernos a experimentar por nosotros
mismos las sensaciones que otros nos han contado. Porque en ningún
libro, mediante ningún curso, ni taller literario se puede aprender
a crear una historia que resulte interesante. Sí acaso podremos
aprender técnicas para corregir aspectos formales, que no es poco.
Quizá a lo máximo que, personalmente, puedo aspirar cuando escribo
es a abrir puertas a las ideas. En una sola frase podemos encerrar
pensamientos en una jaula de palabras o podemos provocar que el
lector interprete mediante emociones esas palabras.
Es cierto que un genio como Julio Verne no salió de París y, sin
embargo, llegó a la Luna... pero en sus obras yo no encuentro nada
más allá de la narración, aun tratándose de una gran historia. Por
eso, dejando aparte su indudable calidad, no se cuenta entre mis
favoritos. Como lector, hay otros autores que sí hicieron buscar
sentimientos ocultos tras las palabras: Joseph
Conrad, Jack London o Robert Louis Stevenson. Los tres
maestros citados vivieron sus novelas en primera persona, conocieron
a sus protagonistas a través de viajes y experiencias personales. A
la hora de iniciar la lectura de un libro, busco algo más que
documentación científica; busco la experiencia personal del autor.
Porque creo que hay que utilizar todos los recursos posibles para
ser honestos con el lector y con uno mismo.
Además, aquí es donde para mí reside lo realmente bonito de
escribir, lo que podemos considerar mágico. La investigación, el
trabajo de campo es lo que le da sentido a ser escritor,
porque ahí es donde se gesta la originalidad de una obra, lo que la
distinguirá de cualquier otra más allá del juicio sobre su calidad.
El viajar, leer, conversar, pero también los hechos cotidianos más
insignificantes... de cualquier cosa, por simple que parezca, puede
surgir una historia fascinante si se dan las circunstancias
adecuadas. Pero sobre todo tiene que sentirse la necesidad de
contar, de compartir con los demás aquellas cosas que nos han
cautivado.
Con esta premisa inicié hace cinco años la escritura de El Sueño
del Caballero, mi primera obra. Contaba con las lecturas
clásicas de la que llamamos novela de aventuras y comencé a visitar
bibliotecas, museos y archivos para documentarme históricamente,
además de contar con excelentes obras del siglo XVI como el poema
épico La Araucana de Alonso de Ercilla o las narraciones de
Francisco López de Gomara y, sobre todo, Bernal Díaz del Castillo,
testigos excepcionales de la conquista de México.
A esta
documentación, le añadí visitas a los escenarios de la novela; el
Trópico centroamericano y la costa del Adriático, largos paseos por
Sevilla y, por supuesto, por el casco antiguo de Badajoz, para
enriquecer la ambientación del libro.
Además, podía unir a esto las ganas de intentar aportar una pequeña
gota a la devastada imagen de nuestra marginada tierra, eludiendo la
demagogia. Escribir una novela que en parte transcurriera en
Extremadura sin necesidad de forzar las situaciones, con un
protagonista extremeño que no se orinara en las manos ni llevara
boina. Por supuesto que esto no es una crítica a don Miguel Delibes,
pero creo que en Extremadura también pueden ocurrir historias que no
sean sórdidas, que no traten sobre posguerra en blanco y negro,
crímenes en cortijos y Las Hurdes hambrientas. Y fuera de estos
temas, lo cierto es que la producción novelística no resulta
abundante. Pero parece que la situación está cambiando; surge una
Extremadura nueva basada en la educación, una sociedad no ajena a su
pasado, pero que ya está cansada de ser tratada con suficiencia y
puede mirar su historia sin los absurdos prejuicios que la
sepultaron hasta hace bien poco.
Así nació la figura del hidalgo Diego Solís, un caballero
renacentista venido a menos, vividor, amante, tahúr y ladrón, que se
rige por un particular código ético. Solís atraviesa la vida con un
aire nostálgico de aquellos valores sobre honor, religión y servicio
al rey que le inculcaron en su niñez, pero que la realidad ha ido
desmoronando. Así, pasando por un mundo real que nunca estuvo a la
altura de sus sueños, Diego Solís llegará a un punto de inflexión
que le obliga a enfrentarse a sí mismo. Junto al joven Alonso de
Aguilar, todo un caballero andante, afrontarán traicioneros duelos,
cruzaran el Atlántico y explorarán las selvas tropicales. Juntos
también, se enriquecerán mutuamente como seres humanos. Participarán
en lo que Ernesto Hemingway llamaba “el deporte de la vida”;
la supervivencia.
Tenemos la fortuna de vivir en una tierra con un pasado histórico
apasionante y apenas descubierto, un pasado que –espero- se vaya
plasmando en obras que lo difundan.
Así
pues me sobraba ilusión, ganas por desempolvar una época tan
fascinante como polémica, y motivación para escribir. Pero no
parecía fácil y, desde luego, no lo ha sido, que un joven autor
extremeño publicara una novela de aventuras, aunque la documentación
histórica hubiera estado fielmente asesorada por profesores de la
materia.
Y quizá jamás lo hubiera logrado de no ser por las instituciones
públicas de nuestra Comunidad Autónoma, la Diputación Provincial en
mi caso. Para un novelista inédito las posibilidades de trabajar
dentro de Extremadura son muy pocas. Las escasas editoriales
privadas no pueden apostar por productos de riesgo, dado que carecen
de la infraestructura necesaria para competir a nivel nacional y,
respecto al mercado extremeño, el comprador de libros es una especie
que, de seguir así, terminará protegida y en Monfragüe. Esperemos
que esta situación cambie.
Pues bien, gracias a esa primera edición pública, modesta en cuanto
a su tirada, El Sueño del Caballero ha conocido ya dos nuevas
impresiones con distribución nacional por parte de la editorial
El Arca de Papel, y el próximo mes cruzará el mismo mar que sus
protagonistas para venderse en México y Argentina. Ya vemos
que un lector puede convertirse en escritor y, además, publicar.
De cualquier forma, a la hora de
escribir no basta con plasmar experiencias e imaginar situaciones;
necesitamos enriquecerlas mediante la documentación y ahí es donde
podemos sacar un inmenso provecho de las nuevas tecnologías. Se abre
un infinito océano virtual que permite navegar en busca de
nuevos lugares. Un océano que nos permite, además de arribar a
lugares desconocidos que guardan fascinantes informaciones, ocupar
nuestro propio espacio.
No es perfecta, pero yo quisiera dar un voto de confianza a
Internet. Por primera vez en la historia de nuestra civilización, la
práctica totalidad de los occidentales tiene oportunidad de
expresarse libremente y de que esa opinión, sea del carácter que
sea, tenga un eco. En el balance de la relación establecida entre
literatura y nuevas tecnologías, yo creo que prevalecen los
elementos positivos.
Personalmente sigo siendo un descreído en cuanto a las publicaciones
electrónicas; quizá funcione con poesía, pero difícilmente alguien
va a leer una novela en la pantalla de un PC o en un Palm-Top o en
uno de los nuevos libros virtuales, aunque Planeta y Microsoft se
han aliado recientemente para trabajar en ese sentido.
Lo más importante para que estas ventajas se aprovechen al máximo es
tener presente que la Red no es un fin en sí misma, sino un medio
que sirve información, una guía para ayudarnos a descubrir, entre
otras cosas, los libros que encierran los conocimientos que
busquemos. |